← VOLVER AL ARCHIVO Ángeles del Ocaso
CRÓNICA · 017.M42

Terminus

Un relato de los Ángeles del Ocaso

Marines Espaciales de los Ángeles del Ocaso bajo la lluvia, entre ruinas
Ilustración: Hugo Llera

El Teleportarium era un santuario silencioso. Solo el siseo generado por los contenedores de energía y los pasos apresurados de los servidores rompían la calma monacal previa a la batalla. Los colosales guerreros Astartes, enfundados en milenarias armaduras de combate, esperaban inmóviles como estatuas. El brillo feroz de sus visores indicaba que no eran meros ornamentos. A través de un vococanal interno, los hermanos compartían sus ritos de batalla y sus oraciones.

El Señor de la Hueste, Damocles, participaba en las letanías y juramentos, pero su mente transhumana conseguía, al mismo tiempo, gestionar los avatares de la batalla que rugía miles de kilómetros bajo sus pies, en el planeta Sidonia X. Dentro de su venerable armadura de Exterminador, podía acceder a los distintos canales de comunicación, comprender el flujo de batalla y dar las órdenes que fueran precisas.

Estaba razonablemente satisfecho con la marcha de los acontecimientos. Los iconos que representaban a sus hermanos de batalla se desplegaban en torno a la Catedral Magna Sancti Flama, el objetivo final de toda la operación. Demasiado pronto según el plan original, pero el devenir del combate lo había hecho completamente necesario. Las fuerzas del XVIII Regimiento Blindado de los Perros de Kalak habían tenido éxito en la primera fase de la ofensiva y, tras un intenso bombardeo de artillería, habían logrado sobrepasar los anillos externos de defensa. Incluso abrieron brecha y accedieron al perímetro interior de la catedral, allanando el camino para el asalto de los Marines. Pero todo su esfuerzo se había desmoronado cuando la propia catedral había vomitado una fuerza de No Nacidos, obligando a los Ángeles del Emperador a entrar en acción.

«No es lo deseable —pensó el veterano guerrero—, todavía no hemos conseguido que sus fuerzas principales salgan del bastión». Agarró con tensión su espada de energía artesanal. Este único movimiento no pasó desapercibido para el Tecnohermano Jeremiah. Sabedor de que el momento se acercaba, inició los protocolos previos a la teleportación y los rezos para aplacar a los ancianos espíritus máquina del mecanismo. Damocles negó levemente con la cabeza mientras una runa de comunicación, con rango Primus Máximus, se iluminaba en su interfaz. El Ángel del Ocaso abrió el canal para escuchar la voz del comandante Michael Pak, líder de las fuerzas imperiales del sector.

—Mi señor Damocles —arrancó en un alto gótico refinado—, abro este canal de comunicación para informarle: la situación ha pasado de riesgo bermellón a riesgo naranja. Las fuerzas imperiales en tierra han conseguido detener al enemigo. Está usted autorizado a usar sus efectivos y entablar combate.

Recalcó la palabra «autorizado» con toda la rotundidad posible. Era lo máximo que un comandante del Astra Militarum podía hacer ante un líder de los Marines Espaciales, incluso siendo el máximo responsable de las fuerzas del Imperium en el sector. Sin embargo, Damocles no tardó en contestar.

—Agradezco su invitación, lord comandante. Mis fuerzas de retaguardia en tierra están uniéndose a la batalla. Las fuerzas de vanguardia ya combaten en el perímetro de la catedral.

La vocotransmisión quedó en silencio unos instantes. El señor de los Marines continuó evaluando la situación de batalla. Deseó que la runa de comunicación del Ala Espectral se iluminase, pero debía ser paciente; había pasado por esa situación miles de veces. El lord comandante del Astra Militarum volvió a hablar:

—Su evaluación es correcta, mi señor. Aun así, dispongo de información que afirma que el grueso de la fuerza de choque de su Capítulo permanece en órbita. Mis tecnoasesores y augures me indican que no hay motivo para no realizar un asalto total. Necesitamos de todas nuestras fuerzas para romper las defensas…

Damocles le interrumpió bruscamente:

—Lord comandante, le sugiero que consiga reagrupar a sus blindados para ese asalto. He transmitido a mis unidades de retaguardia órdenes precisas para acompañar a las tropas del Astra Militarum y unirse al combate.

La respuesta tardó unos segundos en llegar.

—Recibido, mi señor. ¡El Emperador nos juzga!

La comunicación se cerró y Damocles se quedó meditando con cierta amargura. Sabía lo que pensaban. Era consciente del estigma de los No Perdonados y, quizás, no les faltase razón desde su punto de vista sesgado. El hermetismo es un arma muy poderosa, pero puede actuar en ambos sentidos. Los Ángeles Oscuros y sus sucesores guardan muchos secretos. Los Ángeles del Ocaso no eran diferentes en ese sentido, pero también tenían sus propias tradiciones y votos que los separaban de sus hermanos. Damocles y su hueste estaban cumpliendo el sagrado voto de servicio de su Capítulo, y no dejarían a sus aliados sin apoyo. Pero lo harían según las ancestrales doctrinas de combate de su hermandad. Solo así alcanzarían la victoria.

El Tecnomarine le hizo una nueva señal y un canal con la runa identificativa propia de los Ángeles del Ocaso se abrió. La comunicación comenzó a decodificarse mientras el hermano Jeremiah activaba los protocolos de la primera fase de teleportación. La energía acumulada durante ese momento se liberó de tal manera que estallaron arcos voltaicos en forma de grandes lenguas lamiendo lascivas la adamantita de las armaduras. Los hermanos de batalla se movieron al fin, sabiendo que el momento estaba próximo.

Damocles escuchó la voz del Hermano Adalid Oran, del Ala Espectral. La llamada que estaba esperando llegó clara y concisa:

—Protocolo de la Mano Oculta ejecutado con éxito, hermano. Todos los objetivos del mando Astartes Heréticos localizados y marcados. Dispositivo colocado y listo. ¡Confirmo Términus! Repito: ¡confirmo Términus!

La orden Terminus recorrió las comunicaciones de los hermanos Exterminadores como una onda expansiva. Las barras de antimateria que contenían la energía disforme requerida para el salto comenzaron a retirarse. Los servidores zumbaron incomprensibles letanías en binario. El hermano Jeremiah manejó el panel e indicó un minuto estándar para el evento.

Damocles abrió la comunicación a todas las fuerzas imperiales de la línea de mando con prioridad máxima. Su antiguo cogitador se puso a máxima potencia para acceder a la noosfera imperial, forzando la conexión. Era un espíritu máquina venerable y cumplió su cometido.

—Al habla el Hermano Capitán Damocles del Ala de Perdición de los Ángeles del Ocaso, señor de la Hueste Daemonium Damnatio. Hemos detectado un contraataque de las fuerzas heréticas liderado por su cuartel general. Nos preparamos para el enfrentamiento. Solicito apoyo máximo al asalto. ¡Por el Imperio!

El resto de Ángeles del Ocaso repitieron a coro el lema del Capítulo:

¡Somete a tu enemigo! ¡Expía tu honor!

La luz se convirtió en un destello doloroso, la realidad se resquebrajó y las máquinas zumbaron y oscilaron mientras la energía empírea restallaba salvaje. Los Exterminadores desaparecieron de la cubierta de la nave de combate, dejando en su lugar vestigios de energía viscosa y ecos de la realidad.

El viaje por el Inmaterium fue corto y, al igual que siempre, se produjo en medio de un coro de lamentos, gritos, aullidos y chillidos de gozo y dolor. El veterano capitán sintió que un vacío infinito le atravesaba de parte a parte y le reducía a puras moléculas; a la vez, se sentía expandido, como si fuese eterno e infinito. Su cerebro aumentado y su psicoacondicionamiento levantaron todas las barreras posibles y evitaron cualquier daño mental.

En el último momento del viaje tuvo una extraña visión: un bosque, un bosque antiguo, ancestral, envuelto en una bruma densa. Un paisaje familiar. Entre las sombras, una figura encapuchada observaba con una mirada fiera. Un padre perdido que observa a sus hijos.

No fue un impacto sutil. No era lo que los ritos del Capítulo indicaban. Los Ángeles del Ocaso eran herederos directos de la venerable doctrina de los Ángeles de la Muerte, guerreros del Emperador que caían desde los cielos portando la espada de la venganza para cercenar la cabeza de los enemigos. La energía liberada devoró ruinas y muros. Una burbuja de luz cegadora se materializó, abriendo una herida en la realidad, seguida de un estruendo mayor que un bombardeo. En medio del pandemónium, las figuras de los Exterminadores del Ala de Perdición de los Ángeles del Ocaso se materializaron.

Damocles volvió a la realidad. Los filtros visuales de la armadura le protegieron del destello, pero la visión táctica comenzó a fijar distintos iconos de objetivos: los enemigos marcados en rojo oscuro, casi negro; sus compañeros de escuadra en color verde oscuro. Pero también había iconos de aliados que se acercaban a la zona de combate. Los miembros del Ala Espectral, sus hermanos de batalla, acudían al combate irrumpiendo desde sus posiciones en las sombras.

El visor se activó finalmente cuando la energía se disipó. Frente a Damocles se alzaba una figura enorme, con su armadura recubierta de pinchos y cuernos impíos. La garra derecha del traidor se activó con crepitante energía en cuanto se dio cuenta de lo que ocurría. Sus miradas se cruzaron por un momento.

El odio sacudió el cuerpo del Ángel del Ocaso como un torrente. Tenía que matarlo. Debía matarlo. Todo su ser reclamaba a su presa. Sus corazones se desbocaron. Sus sentidos se agudizaron. Sus músculos se tensaron. Era un cazador y tenía una misión.

Damocles enarboló la espada, titilante de energía, y avanzó sin dudar.

—¡Por el Emperador y por Caliban!


Ilustración de Hugo Llera

← Volver al archivo del Capítulo